Dulcis insania última
Hay un instante, en el límite entre la vida y la muerte, en que el cuerpo se entrega y el alma se afloja, deslizándose como quien deja atrás un vestido demasiado estrecho. Erasmo, con su ironía compasiva, decía que los moribundos viven entonces experiencias semejantes a las de los locos: ven, oyen y sienten más allá de lo que los ojos del mundo soportan. No es delirio, sino la liberación de la cárcel material, la preparación para el regreso a una dimensión más vasta.
Platón, siglos antes, ya había presentido ese misterio: la filosofía, en su pureza, no es otra cosa que meditación de la muerte — un ejercicio cotidiano de desapego, de aprender a soltar, de reconocer que cada pensamiento verdadero es ya un ensayo de eternidad. El alma, decía él, encuentra su libertad no cuando huye del mundo, sino cuando aprende a mirar más allá de lo transitorio.
Y Jung, caminando entre mitos, sueños y símbolos, reconoció en este entramado una verdad que la psicología moderna insiste en reducir. Para él, la vida humana no es sólo química ni conducta; es una peregrinación del alma, una sucesión de imágenes que brotan del inconsciente colectivo como ríos subterráneos que alimentan nuestra sed de sentido. Lo que hoy se llama “patología”, muchas veces es apenas el grito o el canto del alma intentando hacerse oír … un llamado a la individuación, ese proceso misterioso de llegar a ser entero.
La muerte, en este horizonte, deja de ser un final y se revela como pasaje. La locura deja de ser sólo ruina y puede ser también travesía iniciática. La vida, lejos de ser mera supervivencia biológica, se convierte en un campo fértil de experiencias simbólicas, sueños y revelaciones. El ser humano, desde esta mirada, no es prisionero de su bioquímica, sino peregrino de un camino que atraviesa los reinos visibles e invisibles.
Quizás entonces podamos reencontrar la sabiduría antigua que Erasmo insinuaba con humor, que Platón elevaba como filosofía y que Jung rescataba como psicología del alma: vivir es ensayar la muerte, y morir es apenas volver al río mayor del cual la vida nunca dejó de fluir.
