En Roma
A veces …en medio de una ciudad extraña y conocida a la vez, bajo una cúpula que huele a siglos…
el alma recuerda que tiene una puerta secreta.
No la usa casi nunca.
La mantiene cerrada, como quien teme que un viento demasiado antiguo lo derribe todo.
Pero basta un gesto del universo…una virgen pintada con manos de otro tiempo,
una luz que cae oblicua sobre un mármol gastado…para que la puerta se abra de golpe.
Entonces algo se quiebra.
O mejor dicho: algo se ensancha.
El corazón late como si volviera a aprender su oficio,
y el cuerpo, pobre guardián del misterio, tiembla sin saber por qué.
No es miedo.
Es otra cosa.
Es esa mezcla de belleza y nostalgia que sólo aparece cuando el alma reconoce un fragmento de su hogar remoto, ancentral.
Uno cree estar mirando un cuadro, pero en verdad es mirado por él.
Una mirada que viene del fondo del tiempo, del fondo de uno mismo.
Y de pronto, por un instante apenas…pero un instante perfecto, somos más que nuestra historia.
Somos más que nuestras heridas.
Somos río, música, luz antigua.
Somos el viajero y el templo.
Somos la pregunta y la respuesta.
Después, claro, el ego vuelve, ajusta la respiración, se limpia los ojos, sonríe con vergüenza.
Pero algo quedó.
Una brasa chiquita, escondida, que siguió ardiendo mucho después del viaje.
Porque ciertas bellezas no se visitan: se habitan.
Y ciertas experiencias …como la que conmueve hasta el temblor, no nos quitan el equilibrio, sino que nos recuerdan dónde está.
