El hindú que vive en mí (II)

Hay un punto de partida que no es elección, sino necesidad.
Quien se aproxima al Yoga como quien recoge fragmentos …posturas, respiraciones, nombres dispersos, permanece aún en la superficie de un lago que exige profundidad. Porque el Yoga, en su raíz, no es multiplicidad, sino eje. Y para encontrar ese eje, es preciso volver, casi con humildad ritualística, a la voz de Patañjali.
No porque sea el único camino, sino porque es el que ordena el mapa.

En sus Yoga-sūtras, lo que parecía vasto se vuelve claro, y lo que era confuso encuentra dirección. Allí, el Yoga deja de ser intuición dispersa y se convierte en una arquitectura del alma. Un sistema… vivo, como una respiración que se disciplina hasta volverse conciencia.
Y sin embargo… qué paradoja habita en esta palabra.

Yoga significa unir.
Pero no hay unión sin una previa ruptura.

El hombre, atado al mundo por mil hilos invisibles, cree estar unido…cuando en verdad está disperso.
Su mente fragmentada, sus deseos contradictorios, sus automatismos… todo ello lo mantiene en una falsa cohesión, en una continuidad que no es centro, sino hábito.
Por eso, el primer gesto del Yoga no es abrazar, sino soltar.

Desatar las amarras que lo confunden con lo que no es.

Alejarse..  No del mundo en sí, sino de la forma en que está atrapado en él.

Y entonces, recién entonces, la palabra “unión” comienza a revelar su misterio.
Porque aquello que se une no son dos cosas externas, sino dos dimensiones de lo mismo que habían sido olvidadas: el hombre que vive en el tiempo, y aquello en él que no pertenece al tiempo.

Y en este punto, el paisaje se abre.
Surgen múltiples yogas…como ríos que toman formas distintas: unos disciplinan el cuerpo, otros aquietan la mente, otros entregan el corazón, otros buscan comprender y muchas combinaciones.
Parecen caminos divergentes.
Parecen hablar lenguajes distintos.
Pero todos… en silencio, giran alrededor de un mismo centro.
Como planetas que no necesitan verse entre sí para obedecer a un mismo sol.

Ese centro no es una idea.
No es una creencia.
No es siquiera un objetivo en el futuro.
Es una posibilidad latente: la de un espíritu que deja de dispersarse y se reconoce en su propia unidad.

Y algunos, al tocar ese centro, lo llamaron Sí mismo.
Otros, con voz más devota, lo llamaron Dios.
Pero en la experiencia viva, no hay diferencia.

Así, comprender el Yoga no es acumular formas, ni elegir entre escuelas, ni perfeccionar técnicas.
Es reconocer el movimiento profundo que las atraviesa a todas: un retorno.
Un regreso paciente, disciplinado y a la vez rendido, hacia aquello que siempre estuvo en nosotros, pero que la vida —con su ruido, su prisa y su encanto— nos hizo olvidar.

Y quizás, al final, el Yoga no sea más que esto: el arte de dejar de estar divididos, hasta que en nosotros no quede nada que no esté unido.

Guillermo G González 
Astrologia Psicológica
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