Me gustaria espiar…aunque puedo imaginarlo, aquel momento en que el hombre dejó de buscar el poder en los brazos, en los títulos, en los templos y en las banderas, y comenzó a sospechar…con temor y fascinación, que la verdadera fuerza quizás habitaba em un lugar invisible. No en las montañas conquistadas, sino en el eje silencioso que sostiene la montaña por dentro.
Fue entonces cuando descendió.
No al fondo de la tierra, como Orpheus en busca de Eurídice, ni al desierto de los anacoretas cristianos, ni a las cavernas de los alquimistas medievales. Descendió al núcleo de sí mismo. Y allí encontró algo que no sabía nombrar.
Lo llamó centro.
Las primeras veces que lo percibió seguramente, creyó que se trataba de una emoción rara, de una calma pasajera o quizás de una inspiración semejante a aquellas que visitaban a los antiguos poetas antes del amanecer. Pero poco a poco comprendió que aquella fuerza no provenía de él como individuo. Surgía cuando algo dentro suyo se alineaba.
Como los astros.
Porque hay una sabiduría antigua escondida en el cielo nocturno: los cuerpos celestes no permanecen en órbita por violencia, sino por armonía. El universo no se mantiene unido por el grito, sino por la atracción silenciosa.
Así también el alma.
Vi que los sabios del Tao ya sospechaban esto cuando decían que la rueda gira gracias al vacío de su centro.
Y los maestros del Yoga hablaban de un eje interno alrededor del cual la conciencia dispersa debía ser reunida como un pastor reúne al rebaño antes de la noche.
Mientras tanto, en Occidente, los alquimistas dibujaban mandalas circulares sin darse cuenta de que buscaban, a través del oro, la misma unidad perdida que los monjes zen buscaban en el vacío.
El hombre moderno, sin embargo, se olvidó del centro.
Aprendió a moverse rápidamente, pero no a permanecer. Aprendió a acumular información, pero no a organizar el alma. Se volvió especialista en multiplicar estímulos y miserable para conservar el propio eje. Su espíritu empezó a parecerse menos a un sol y más a polvo cósmico disperso después de una explosión.
Quizás por eso ciertas presencias todavía producen impacto.
Hay personas que entran en una habitación y no hacen nada, pero algo se reorganiza a su alrededor. No porque dominen, sino porque están menos fragmentadas. Su simple coherencia produce un efecto semejante al de una nota afinada en medio del ruido. Le recuerdan a los demás…aunque sea por un instante, la posibilidad olvidada de la unidad.
Y a veces, durante una consulta, una conversación o un silencio compartido, el hombre percibe que el otro se vuelve receptivo. No receptivo a sus ideas, sino a esa extraña gravedad invisible que parece nacer cuando dos núcleos humanos dejan de defenderse y se encuentran.
Entonces ocurre lo raro.
Una microvivencia.
Una pequeña ruptura en la corteza endurecida por lo cotidiano.
Por un instante, el otro recuerda algo que no sabía que había perdido.
Los hindúes quizás llamarían a eso reminiscencia del Atman. Platon hablaría de anamnesis: el alma reconociendo verdades olvidadas. Ya Jung diría que el Self proyectó sobre el ego un breve reflejo de totalidad.
Pero toda revelación trae peligro.
Porque el ego, fascinado por su propia experiencia, desea apropiarse de ella. Quiere convertirse en sacerdote de aquello que apenas lo atravesó. Quiere poseer el sol porque sintió su calor.
Y es ahí donde muchos se pierden.
Los antiguos taoístas advertían que el verdadero sabio es aquel que no retiene la fuerza. El Bhagavad Gita aconsejaba actuar sin apego a los frutos. Y los místicos cristianos repetían que quien se exalta espiritualmente ya comenzó a caer.
Porque el centro no le pertenece al hombre.
El hombre …pertenece al centro.
Por eso el alma prudente comienza a observar silenciosamente qué situaciones le roban el eje y cuáles lo restauran. Hace listas invisibles. Percibe que ciertos ambientes dispersan su energía como vientos sobre un lago; mientras otros la concentran como un templo antiguo concentra el silencio.
Poco a poco comprende que individuarse no es volverse extraordinario.
Es volverse entero.
Y entonces descubre algo todavía más difícil: el centro no se conquista de una vez y para siempre. Debe ser reencontrado continuamente, como los monjes zen barren diariamente los jardines de piedra sabiendo que las hojas volverán a caer.
Tal vez ésa sea la verdadera disciplina del alma.
No la búsqueda frenética de poder, visiones o grandezas espirituales, sino el humilde regreso al núcleo.
Al punto inmóvil.
Al silencioso sol interior alrededor del cual, cuando todo está en armonía, la vida entera vuelve lentamente a orbitar.
Guillermo G González
