Cuaderno de reflexiones matinales: El tiempo y el hechizo del futuro

El tiempo y el hechizo del futuro

A veces me pregunto…como quien toca una cuerda antigua y deja que vibre sola, qué cosa es realmente el tiempo.
No ese tiempo de relojes, de agendas, de relojes solares que inventamos para medir lo que escapa.
Sino ese otro, más secreto, que late detrás del pensamiento y marca el ritmo interior de la existencia.

El tiempo lineal, tan solemne, tan seguro de sí mismo, es apenas una construcción humana.
Un puente imaginado: atrás colocamos el pasado, una franja donde archivamos culpas, nostalgias o traumas;
adelante proyectamos un futuro que, casi por instinto, creemos que será mejor.
Y en el medio dejamos un presente que suele ser sólo pasaje, estación de tránsito, un punto de apoyo donde no sabemos quedarnos.

Galimberti dice que esta fe en el futuro no es neutral: es cristiana.
Es el eco de una vieja teología infiltrada en nuestra respiración cultural.
Porque para Occidente, desde hace siglos, el futuro es salvación.
En el pasado está el pecado, en el presente la redención trabajándose en silencio, y en el futuro la esperanza de la llegada plena de la luz.

Incluso la ciencia, tan orgullosa de su objetividad, repite sin querer el mismo modelo: el pasado es ignorancia, el presente investigación,
y el futuro progreso.
Una pequeña liturgia secular, pero de raíz cristiana: adelante siempre hay una promesa.

Marx tan materialista, tan combativo, tan hijo del mismo suelo…vuelve a repetir la estructura: el pasado es injusticia, el presente contradicción,
y el futuro justicia sobre la tierra.
Otra versión de la salvación, sin cielo pero con horizonte.

Y Freud, que quiso pelear con la religión, tampoco escapó del embrujo: el pasado está lleno de traumas, el presente debe analizarlos,
y el futuro traerá la cura. También él creyó en un mañana como liberación.

A veces pienso que en Occidente todos somos, sin saberlo, cristianos de alma, no por doctrina, sino por esta respiración simbólica:
el futuro siempre es positivo. El futuro siempre promete.

Pero la psique profunda…ese territorio que Jung escuchaba como quien atiende el murmullo de un bosque, no vive en esta línea recta.
Para el alma, el tiempo no es carretera: es espiral.
Es un movimiento que vuelve sobre sí, que teje pasado y presente en un mismo hilo.
Es una danza donde cada paso que damos hacia adelante nos trae también algo que olvidamos atrás.

Quizá por eso el futuro tiene tanto poder sobre nosotros: no porque exista allá adelante, sino porque despierta en el interior un arquetipo antiguo,
una imagen de totalidad, una sospecha de sentido.
El futuro es un símbolo, no una fecha.
Un llamado, no una garantía.
Una promesa, pero hecha desde adentro, no desde afuera.

Y en esta vida moderna, tan mecánica, tan de resultados, tan de horarios,
se vuelve urgente reconectar con el tiempo sagrado: ese tiempo donde no hay pasado culpable ni futuro milagroso, sino una presencia que respira y escucha.
Un presente donde la vida deja de ser tránsito y vuelve a ser misterio.

Quizá, si nos permitimos un instante de silencio verdadero…descubramos que no necesitamos que el futuro sea positivo para vivir.
Necesitamos que el presente sea verdadero.
Y que esa verdad, humilde y vibrante, sea suficiente para cargar nuestro destino con sentido.

 

Guillermo G González 
Astrologia Psicológica – Terapia Floral 
Tel:+5511 999926642