La elección de la banana

Cuenta un antiguo mito indonesio que, en los comienzos, Dios no estaba lejos.
Había cuerdas tendidas del cielo a la tierra, como venas luminosas, por donde los dones descendían directamente a las manos humanas. No era necesario pedir: bastaba con recibir.

Cierto día, por una de esas cuerdas, Dios ofreció una piedra.
Los humanos la miraron con extrañeza. Era dura, silenciosa, sin promesa inmediata. No alimentaba, no endulzaba la boca, no calmaba el hambre del ahora. Y así, fue rechazada.

Más adelante, por la misma cuerda, descendió una banana.
Amarilla, blanda, fértil, lista para ser comida. Esa fue aceptada sin vacilación.

Entonces se oyó la voz de Dios..no como castigo, sino como constatación:

“Tu vida será como la banana,
y no como la piedra:
tendrá comienzo, maduración y fin.”

En este mito sencillo reposa una verdad profunda: la condición humana no nos fue solamente dada …fue elegida.

La piedra simbolizaba la permanencia, lo inmutable, la eternidad sin desgaste. La banana, en cambio, llevaba en sí el tiempo: madura, alimenta, se descompone. Es vida plena…pero pasajera. Al elegir la banana, el ser humano eligió entrar en el ritmo del devenir, aceptó la danza de la transformación, del nacimiento y de la muerte.

Podríamos decir que allí se marca la separación entre el arquetipo de la eternidad inconsciente y el nacimiento de la conciencia temporal. La piedra pertenece al reino del Ser inmutable; la banana, al de la vida que sabe que es finita …y por eso mismo, intensa.

No fue una elección trivial.
Fue el inicio de la responsabilidad.

Desde entonces, cada decisión humana repite ese gesto primordial. Siempre elegimos entre aquello que conserva y aquello que transforma, entre la seguridad de la estabilidad y el riesgo fluctuante de la vida. Entre la piedra que no se quiebra y la banana que se entrega al tiempo.

Y cada elección modela no solo el destino individual, sino también la forma en que nos vinculamos con lo divino.

Porque el mito no dice que Dios se haya alejado por venganza. Simplemente cambió de lugar. Dejó de habitar el cielo estático de la eternidad y comenzó a manifestarse dentro del tiempo, en el ciclo de la vida, en la cosecha, en la pérdida, en la muerte y en el renacimiento. Lo divino no desapareció…se encarnó en el proceso.

Tal vez por eso el ser humano vive con una nostalgia silenciosa de lo eterno. Algo en nosotros todavía recuerda la piedra. Pero es la banana la que nos alimenta. Es la finitud la que nos obliga a amar, a crear, a transmitir, a elegir con cuidado.

Podríamos pensar así que la vida solo se vuelve camino cuando acepta el riesgo de no ser eterna. Y Jung recordaría que la conciencia nace siempre de una pérdida: perdemos el paraíso de la inmutabilidad para ganar la aventura del sentido.

Así, el mito indonesio no habla del pasado.
Habla del presente.

En cada decisión, en cada vínculo, en cada renuncia, volvemos a oír la cuerda descender del cielo. Y sin darnos cuenta, elegimos otra vez: piedra o banana.

Silencioso, atento y presente ..lo divinidad talvez simplemente observe, sabiendo que el ser humano se revela no por lo que recibe, sino por lo que acepta ser.

 

Guillermo G González 
Astrologia Psicológica – Terapia Floral 
Tel:+5511 999926642