Desde que el primer humano levantó los ojos al cielo y sospechó que había algo más que ir de caza, soportar frío o la suegra tribal, comenzó también la gran aventura de la humanidad: encontrar un puente entre el pequeño yo nervioso, hambriento, competitivo y el Gran Misterio vasto, silencioso y ligeramente irónico.
Y como buenos experimentadores que somos, decidimos empezar por el método más directo: beber algo.
En la antigua India, los sacerdotes prensaban el misterioso Soma cantado en el Rigveda y entonaban himnos al luminoso elixir, así como la Ephedra en Irán. El jugo corría dorado, espumoso, divino. Indra bebía y listo, se sentía capaz de enfrentar dragones cósmicos antes del desayuno.
En la meseta iraní, los devotos preparaban el haoma descrito en el Avesta. También allí se bebía coraje, rectitud y una cierta inmortalidad portátil.
Siglos después, en la selva amazónica, alguien combinó liana y hoja Banisteriopsis caapi con Psychotria viridis y descubrió que el universo no solo respira, sino que también conversa. La ayahuasca abrió visiones, purificó estómagos y reveló ancestros que, aparentemente, siempre tuvieron opiniones muy claras sobre la vida de sus descendientes.
En el desierto mexicano, el pequeño y discreto Lophophora williamsii enseñó que la aridez exterior puede esconder jardines interiores coloridos como vitrales vivos.
Y así seguimos: prensando, cocinando, masticando, fermentando, siempre con la esperanza de que, en el fondo del cáliz, estuviera la llave de la eternidad.
Si pudiéramos observar todo esto desde arriba, tal vez sonreiríamos.
Porque lo que cada cultura buscaba no era exactamente la planta, era el puente.
El ego humano es una criatura aplicada. Se levanta temprano, hace listas, paga cuentas, se preocupa por la reputación y el colesterol. Pero, de vez en cuando, siente un llamado. Algo dentro susurra:
“Hay algo más.”
Entonces …bebe.!!
Bebe soma, bebe haoma, bebe ayahuasca, mastica peyote. Y, por algunas horas, el mundo se expande. El tiempo se pliega. El miedo disminuye. El sentido regresa como si siempre hubiera estado allí, apenas olvidado.
Pero hay un detalle curioso.
Con el paso de los siglos, muchas de estas culturas comenzaron a comprender algo sutil: la sustancia no creaba lo sagrado, solo abría una puerta que ya existía.
Y aquí entra el viejo y atento Carl Gustav Jung, que tal vez diría, con ese aire simultáneamente científico y alquímico:
“La bebida no fabrica el Self…solo reduce el ruido del ego.”
Lo que era líquido se volvió símbolo.
Lo que era vegetal se volvió psíquico.
Lo que era ingerido se volvió integrado.
La India transformó el Soma en principio interior amrita, néctar interno, esencia lunar de la conciencia. La alquimia occidental habló del elixir. El cristianismo habló del vino místico. La psicología profunda habló de individuación.
La humanidad comenzó bebiendo plantas.
Después empezó a beber silencio.
Luego comenzó a beber conciencia.
Hay algo profundamente humorístico en todo esto.
Porque, en el fondo, siempre estuvimos buscando la fuente como si estuviera afuera, escondida en una hoja rara, en un cactus discreto o en un hongo tímido.
Y entonces, en algún momento de madurez simbólica, comprendimos:
El puente no está en la sustancia… está en la actitud.
“Beber de la propia fuente” se volvió metáfora de sumergirse en el Self.
No el ego inflado, no el delirio heroico, sino el centro silencioso que sostiene a ambos.
El verdadero soma quizá sea la capacidad de atravesar el miedo al inconsciente.
El verdadero peyote quizá sea el coraje de mirar la propia sombra.
La verdadera ayahuasca quizá sea la disposición a escuchar lo que el alma siempre intentó decir.
Hoy todavía hay quienes beben sustancias sagradas. Y eso puede ser ritual, serio, transformador.
Pero también hay quien descubre, en una mañana común, que respirar profundamente, meditar, amar, crear, servir…son formas discretas de embriaguez lúcida.
Una embriaguez sin resaca.
Tal vez la evolución espiritual de la humanidad pueda contarse así:
Primero buscamos lo divino en la planta.
Después encontramos lo divino en el símbolo.
Por fin descubrimos lo divino en la propia conciencia.
Y sonreímos…porque la Fuente siempre estuvo allí, esperando pacientemente que dejáramos de buscar afuera lo que desbordaba por dentro.
Al final, el ego quería un cáliz dorado.
El Self ofrecía un pozo inagotable.
Y el gran secreto es este: la sed nunca fue física.
Era metafísica.
