Qué curioso.. y qué ligeramente incómodo… es ser humano

No somos del todo animales…aunque roncamos, deseamos y disputamos territorio con la misma convicción que un jabalí filosófico. Tampoco somos divinos …a pesar de nuestros ocasionales arrebatos de grandeza, cuando miramos el cielo y sospechamos que fuimos mal clasificados en la taxonomía de la creación.

Estamos en el medio. Incrustados. Suspendidos entre el instinto que mastica y el espíritu que sueña.

La realidad humana es ese puente angosto tendido entre el suelo y el infinito. Un animal que empezó a sospechar que había “algo más”. Un primate que, al levantar la cabeza para rascarse el cuello, se encontró con las estrellas …y nunca volvió a ser el mismo.

Imagino aquella primera mirada nocturna. La mente todavía cruda, todavía tribal, todavía ocupada en sobrevivir al frío y al depredador. Y entonces…luces. Pequeñas perforaciones en el techo oscuro. Puntos brillantes organizándose como si alguien, en algún lugar, hubiera decidido enseñarle profundidad a una criatura que solo conocía la superficie.

Las estrellas fueron, quizás, las primeras pedagogas de la trascendencia.

Hasta entonces, todo era suelo. Horizontalidad. Lo que se pisa, lo que se caza, de lo que se huye. Pero el cielo inauguró la vertical. La dimensión del “arriba”. Y con ella nació el símbolo.

No es exagerado suponer que allí comenzó la lenta autoestructuración de la conciencia. Como si una inteligencia mayor  (no necesariamente externa, sino superior a aquella mente naciente)… estuviera encendiendo fogatas en lo alto para guiar al viajero interior.

El animal miró hacia arriba. Y al mirar, se alargó por dentro.

Tal vez ese haya sido el primer ejercicio espiritual: estirar el cuello.

Desde entonces repetimos el gesto de mil maneras. Construimos torres, templos, catedrales, telescopios. Inventamos dioses, teorías, sistemas solares y sistemas psicológicos. Todo para organizar aquel primer vértigo: el descubrimiento de que existe la profundidad.

Porque, seamos sinceros, la Tierra no ofrecía demasiadas perspectivas… Árboles y montañas ayudan, es cierto,  pero el cielo… el cielo introdujo el abismo luminoso.

Y con él, la pregunta.

Entre el animal que desea y lo divino que intuye, nació el humano que busca. Busca sentido, busca orden, busca una narrativa que lo sostenga en esta condición híbrida.

Somos como ensayos ambulantes. Ensayos a veces torpes de alas todavía óseas. Intentamos volar con ideas, ya que el cuerpo insiste en permanecer terrestre. Y sin embargo, algo en nosotros recuerda el cielo.. como si aquella primera contemplación nocturna hubiera dejado una marca arquetípica en la psique.

Tal vez nunca fuimos guiados por voces audibles, sino por estructuras invisibles que lentamente organizaban nuestra percepción. La inteligencia que nos trasciende puede haber operado como un campo de posibilidades…como una arquitectura silenciosa invitando a la mente a expandirse.

El animal dentro de nosotros quiere seguridad.
Lo divino presiente el infinito.
Y el humano, pobre y magnífico intermediario, intenta negociar entre ambos.

Es un oficio delicado.

Pero hay belleza en esta condición. Porque somos precisamente la intersección…el punto donde la materia comienza a imaginar el espíritu, y el espíritu aprende a caminar sobre pies de barro.

Guillermo G González 
Astrologia Psicológica – Terapia Floral 
Tel:+5511 999926642