Reencuentro

Hay momentos en la vida en los que nada parece suceder y, sin embargo, todo comienza a moverse por dentro.

La superficie permanece intacta: compromisos, palabras medidas, gestos correctos.
Pero, en algún punto silencioso del alma, algo antiguo vuelve a respirar. No como recuerdo, sino como presencia.

Así es como, a veces, el ser humano reencuentra su propia casa.

No la casa exterior, hecha de paredes y hábitos, sino aquella otra olvidada, profunda, levemente abandonada, donde aún reposan los ecos de todo aquello que alguna vez fue vivido de verdad.

Allí, entre pasillos de memoria y habitaciones no visitadas, a menudo hay algo esperando, papitando en silencio.

No se manifiesta.
No exige.
Simplemente aguarda.

Y entonces, en un instante cualquiera, en un sueño, en una pausa, en una emoción que escapa al control, aparece una figura.

No llega para enseñar como un maestro…y ni para consolar como un amigo.

Llega para recordar.

Le despierta al hombre aquello que ya supo, antes de las capas, antes de las defensas, antes de las palabras bien elegidas.
Le recuerda la desnudez esencial de su propia experiencia: sentir antes de explicar, existir antes de justificar.

Y, en ese encuentro, algo desconcierta.

Porque aquello que fue relegado hacia afuera… lo espontáneo, lo vulnerable, lo humano se revela más verdadero que todo lo que fue cuidadosamente organizado.

La vida, entonces, invierte sus valores.

Lo que estaba dentro parece vacío.
Lo que estaba fuera, olvidado, marginal, se vuelve fuente.

Pero no se trata de rechazar el mundo construido.

La tarea no es destruir la casa.
Es volver a habitarla.

Y para eso, hace falta un gesto sencillo y, al mismo tiempo, raro: dejar que aquello que late en el fondo encuentre forma.

No una forma grandiosa, ni un proyecto que se imponga al mundo, sino un ritmo.

Un gesto.
Una palabra dicha sin cálculo.
Una música que nace sin intención de ser perfecta.
Un silencio compartido donde antes había solo discurso.

Porque hay cosas que no piden explicación.
Piden expresión.

Y es en ese punto donde el hombre comienza a reconciliar sus partes: el pensamiento que organiza, la imagen que revela, el sonido que atraviesa.

Tres caminos que, cuando están separados, fragmentan, pero, cuando se unen, devuelven al ser una integridad olvidada.

Tal vez eso sea lo que el alma espera en sus largos silencios: no ser comprendida…sino ser escuchada.

No ser analizada…sino ser vivida.

Y así, poco a poco, lo que estaba afuera regresa. Lo que estaba callado encuentra voz. Lo que estaba guardado encuentra ritmo.

Y el hombre, sin darse cuenta exactamente de cómo, vuelve a habitarse a sí mismo.

Como quien enciende una luz antigua y descubre que nunca se había apagado.

Guillermo G González 
Astrologia Psicológica
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