Sagrado femenino

Sagrado femenino

Hubo un momento silencioso…tal vez el más decisivo de la historia humana, en el que la mano que hasta entonces solo recolectaba comenzó a sembrar.
Ese gesto simple.. casi imperceptible, no transformó únicamente el paisaje: transformó el alma.

Hasta ese instante, el ser humano caminaba con la naturaleza, pero aún no dialogaba con sus ritmos más profundos. Cazar y recolectar exigían astucia, fuerza, desplazamiento; pertenecían al tiempo inmediato de la supervivencia…a la masculinidad. La agricultura, en cambio, inauguró el tiempo de la espera…de lo femenino. Entre la semilla lanzada a la tierra y el alimento cosechado, se abrió un intervalo cargado de misterio: un espacio psíquico nuevo, donde el destino dejó de ser solo enfrentado y pasó a ser confiado.

Fue en ese intervalo.. donde lo sagrado se profundizó.

Sembrar implicaba aceptar que algo debía morir para que algo mayor pudiera nacer. La semilla enterrada no desaparecía: se transformaba. Ese drama vegetal de muerte, gestación invisible, retorno multiplicado… ofreció a la conciencia humana un espejo simbólico de su propia existencia. La vida ya no era solo movimiento, sino ciclo; ya no era solo fuerza, sino regeneración.

Y en ese nuevo imaginario, la mujer ocupó un lugar central.

No por construcción ideológica, sino por una resonancia simbólica profunda. El vientre femenino se volvió imagen viva de la Tierra fecundada. Así como la mujer gesta en silencio, en la oscuridad, en su propio tiempo, también la tierra gesta los cereales, los tubérculos, la vida que alimenta a la comunidad. La agricultura reveló algo que el nomadismo aún no podía sostener: la sacralidad de la permanencia, de la nutrición continua, del cuidado…lo femenino.

La mujer comenzó a ser reconocida no solo como generadora de hijos, sino como guardiana del misterio de la vida que se renueva. Lo sagrado dejó de habitar únicamente el cielo o los animales cazados y comenzó a latir en el suelo, en la luna, en la sangre menstrual, en las estaciones. La sexualidad, lejos de ser solo instinto, se volvió rito; la fertilidad, lejos de ser azar, se volvió don divino.

Desde una perspectiva junguiana, este momento marca una expansión decisiva de la psique humana. El inconsciente colectivo comenzó a organizarse en torno a nuevos arquetipos: la Gran Madre, la Tierra Viva, el Dios que muere y renace como grano. La divinidad dejó de ser solo una fuerza externa y empezó a ser percibida como proceso…algo que atraviesa el tiempo, se transforma, se ofrece en sacrificio para garantizar la continuidad de la vida.

Como un filósofo dijo: toda verdadera evolución espiritual exige una pérdida. Al abandonar el nomadismo, el ser humano perdió la ligereza del desplazamiento constante, pero ganó profundidad. Perdió el horizonte siempre móvil, pero encontró raíz. Y con la raíz llegó también la responsabilidad: cuidar la tierra, los ciclos, la comunidad, lo femenino que sostiene.

No fue solo el cuerpo el que cambió con los cereales y los tubérculos. Fue el alma la que se reorganizó. La sociedad comenzó a estructurarse en torno al tiempo largo, la memoria, la transmisión. Lo divino dejó de ser solo cazado y pasó a ser cultivado.

Tal vez por eso los mitos de origen de los cereales hablan siempre de una intervención divina: un dios que se sacrifica, una diosa que enseña, un secreto revelado a la humanidad. Porque, en el fondo, cultivar no es solo una técnica: es un pacto. Un acuerdo silencioso entre lo humano y el misterio de la vida.

Desde entonces, toda semilla arrojada a la tierra repite ese gesto inaugural.
Y cada vez que olvidamos el valor de lo femenino, de la espera, del cuidado y del ciclo, quebramos algo de ese pacto antiguo…no solo con los dioses, sino con nosotros mismos.

 

Guillermo G González 
Astrologia Psicológica – Terapia Floral 
Tel:+5511 999926642